Ver bien no siempre significa tener una buena salud ocular

La capacidad para leer correctamente, conducir o desenvolverse con normalidad en el día a día no es un sinónimo directo de una buena salud ocular. Algunas enfermedades pueden evolucionar durante meses o años sin que el paciente perciba una pérdida de visión.

Por eso, una revisión oftalmológica va mucho más allá de comprobar si necesitamos gafas. Permite valorar el estado del ojo y detectar alteraciones que requieran seguimiento o tratamiento antes de que tengan una repercusión evidente sobre la visión.

El glaucoma es uno de los ejemplos más conocidos. En sus primeras fases puede no producir una pérdida de visión que el paciente perciba, aunque ya existan cambios en el nervio óptico. Algo similar puede ocurrir con determinadas enfermedades de la retina y con la retinopatía diabética, que puede permanecer sin síntomas durante las primeras etapas.

Esta es precisamente una de las razones por las que la valoración oftalmológica tiene un papel importante: algunas alteraciones no se manifiestan necesariamente a través de lo que el paciente nota, sino que requieren una exploración para ser identificadas.

Qué se puede valorar en una revisión oftalmológica

La exploración se adapta a las características de cada paciente y permite valorar diferentes estructuras y funciones del ojo, desde la agudeza visual hasta el estado del nervio óptico, la retina, la mácula, la superficie ocular o el cristalino.

En función de los hallazgos y de los factores de riesgo, el oftalmólogo puede determinar si es necesario realizar pruebas complementarias o establecer un seguimiento. En las enfermedades de la retina, por ejemplo, determinadas alteraciones pueden identificarse antes de que produzcan un cambio significativo en la visión y permitir una actuación temprana cuando está indicada.

¿Quién necesita controles oftalmológicos con mayor frecuencia?

La frecuencia de las revisiones no es igual para todo el mundo. Depende de factores como la edad, los antecedentes familiares, las enfermedades previas, los factores de riesgo o la existencia de una patología ocular que requiera seguimiento.

Las personas con antecedentes familiares de enfermedades oculares, los pacientes con diabetes y los que tienen diagnosticada una patología pueden necesitar controles específicos. También conviene consultar ante cambios persistentes en la visión o la aparición de nuevos síntomas.

En niños y adolescentes, la vuelta al colegio puede ser una buena ocasión para prestar atención a determinadas señales: dificultades para ver la pizarra, acercarse demasiado a los libros, entrecerrar los ojos o mostrar problemas para realizar actividades que requieren visión de lejos.

Una pérdida o cambio persistente de visión, visión borrosa, molestias oculares recurrentes o cualquier síntoma nuevo que no desaparezca debe ser valorado por un especialista.

Hay situaciones que requieren una atención especialmente rápida, como una pérdida repentina de visión, la aparición brusca de numerosos cuerpos flotantes o manchas, destellos luminosos o una sombra que afecte al campo visual. Ante estos síntomas, es importante realizar una valoración oftalmológica urgente.

Septiembre y la vuelta a la rutina: también para la salud visual

Después del verano, recuperar las rutinas puede ser una buena oportunidad para revisar aquellos controles de salud que hayan quedado pendientes. En el caso de la visión, la necesidad de una revisión dependerá de las características de cada persona y de sus antecedentes.

Más que establecer una periodicidad idéntica para todos, el seguimiento debe adaptarse a cada paciente y a su riesgo individual.

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